silencio.
—Pensé que te darían pocos años —dijo ella.
—¿Y cuando fueron veinte?
No supo responder.
—Eras mi hijo —lloró.
Miguel levantó sus manos llenas de cicatrices.
—Entonces mírame como a uno. No como al hijo que podía perderse porque no tenía esposa.
Le pidió una sola cosa: que declarara la verdad.
Mi abuela se negó.
Hasta que el dinero rompió lo que la culpa no había roto.
Cuando Tomás descubrió que el proyecto inmobiliario podía caerse, empezó a culparla. Mi padre hizo lo mismo. Los tres comenzaron a pelear