admitir que había fracasado.
—Me daba vergüenza —susurró.
—No. Te daba miedo perder el control.
—No quería hacerte daño.
—Pusiste una cámara debajo de nuestra cama.
Mauricio cerró los ojos.
—Necesitaba pruebas de que estabas agotada.
—No. Necesitabas material para seguir diciéndome que yo estaba mal.
Respiré profundamente.
—Yo manejaba presupuestos de cientos de millones en mi trabajo mientras llegaba a casa pensando que quizá no recordaba si había cerrado una puerta. ¿Sabes por qué? Porque confiaba en ti más que en mí.
Él bajó la cabeza.
—Eso era exactamente