más me necesitaba”.
Ya no me importaba.
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No necesitaba convencer a nadie.
Mi vida empezó a mejorar de formas pequeñas.
Dormía seis horas.
Después siete.
Dejé de revisar cinco veces los documentos.
En el trabajo me nombraron responsable de un proyecto mucho más grande.
Un día uno de mis colaboradores puso dos presupuestos sobre mi escritorio.
—¿Cuál aprobamos?
Los revisé durante unos minutos.
—El segundo. El esquema fiscal es más eficiente y deja mejor flujo de efectivo.
—Perfecto.
Se fue.
Yo permanecí mirando las cifras.
No había niebla mental.