casa más grande donde todos vivirían cómodamente. Mientras encontraban esa casa, Teresa se instaló “unas semanas” con ellos.
Las semanas se convirtieron en meses.
Desde el tercer día empezó a opinar sobre todo: la comida, las toallas, los horarios de Camila, hasta la posición de la sal junto a la estufa.
Lo que Daniela menos soportaba eran los medicamentos.
—La niña está muy pálida. Necesita estudios —insistió Teresa una tarde, ofreciéndole un frasco de jarabe con hierro y vitaminas.
—A mi hija nadie le da nada sin preguntarme.
Teresa guardó