que al final no me quitaste nada que no necesitara soltar.
Cuando llegó a casa, Camila dormía y Teresa estaba en la cocina preparando una taza de té.
Sobre el refrigerador había un nuevo dibujo.
Tres mujeres tomadas de la mano.
Abajo, con la letra todavía irregular de una niña de nueve años, Camila había escrito:
“En esta casa ya no guardamos secretos que hagan daño”.
Daniela leyó la frase dos veces.
Después miró a Teresa.
Ninguna dijo nada.
Por primera vez, no hacía falta.