una esposa a la que volver cuando necesitara estabilidad y otra mujer con la que se sintiera indispensable.
Durante unas horas, Daniela creyó que yo era el intruso.
Su madre creía que mi silencio podía comprarse con culpa.
Mi propia empresa creía que prefería mantener un contrato antes que sacrificar mi dignidad.
Todos cometieron el mismo error.
Pensaban que, por miedo a perder, aceptaría cualquier cosa.
Pero hay pérdidas que no te destruyen.
Algunas pérdidas nos devolven a la vida.
Cogí a mi madre del brazo y caminamos hacia la