había detenido.
Nadie comía.
Nadie hablaba.
Toda la boda se había convertido en un tribunal improvisado.
Daniel me miró.
—Ven conmigo. Ahora.
—No.
—No hagas esto delante de todos.
—Tú preparaste todo delante de todos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé exactamente lo que digo.
Levanté el sobre marrón.
—Diez minutos antes de la ceremonia me entregaste un acuerdo para quitar mi nombre de la casa.
Varias cabezas se volvieron hacia la primera fila, donde estaba mi madre.
Ella permanecía inmóvil.
—Yo pagué novecientos mil del anticipo —continué—. También