Durante varios segundos no pude moverme.
No porque no entendiera las palabras de Isabella.
Sino porque las entendía demasiado bien.
Mi madre siempre había sido una mujer que jugaba a largo plazo.
Nunca gritaba.
Nunca amenazaba directamente.
Ella movía piezas.
Personas.
Decisiones.
Y hacía que todos creyeran que estaban actuando por voluntad propia.
Me acerqué lentamente a la cama.
—¿Por qué no me dijiste nada antes?
Isabella soltó una pequeña risa amarga.
—¿De verdad quieres saberlo?
No respondí.
—Porque la última vez que intenté decirte la verdad, elegiste creer un