Diez minutos antes de casarme, mi prometido me pidió que renunciara a la casa que yo había pagado

mi manga.

—Emma, quizá podrías…

—Mamá.

La interrumpí.

—¿Sabes cuánto costó la remodelación de la casa?

Ella negó.

—Trescientos setenta mil. Los pagué yo.

La sonrisa de mi futura suegra se tensó.

—Los muebles y electrodomésticos costaron ciento veinte mil. También los pagué yo.

Miré directamente a mi madre.

—Ayer transferí los últimos ochenta y seis mil de la boda. También salieron de mi cuenta.

Nadie habló.

—Y ahora quieren quitarme hasta el nombre.

Daniel apareció caminando deprisa.

Su rostro ya no parecía el de un novio enamorado.

—Emma, estamos