dejó de contestar durante meses.
Laura consiguió horas extras y, los fines de semana, limpiaba un pequeño despacho. Salía antes de que sus hijos despertaran y regresaba cuando ya estaban dormidos.
Cada mañana dejaba notas sobre la mesa.
“Diego, tu comida está en el refrigerador.”
“Sofía, ponte la chamarra porque va a hacer frío.”
“Los amo. Pórtense bien.”
Aquella noche, mientras subía las escaleras del edificio donde vivían, Laura sintió una culpa que llevaba meses intentando ignorar.
Sus hijos ya tenían nueve años.
Cada vez necesitaban menos ayuda.
Y ella