empezó a preguntarse si, poco a poco, estaban aprendiendo a vivir sin ella.
Pero cuando abrió la puerta del departamento, algo estaba diferente.
El piso estaba limpio.
Los tenis de Diego estaban acomodados.
Las chamarras colgaban correctamente.
Incluso su vieja sudadera gris estaba doblada sobre una silla, como si alguien hubiera pensado que llegaría con frío.
Laura sintió miedo.
—¿Diego? ¿Sofía?
Nadie respondió.
Entonces percibió un olor a pasta, jitomate y algo ligeramente quemado.
Empujó la puerta de la cocina.
La luz se encendió.
—¡Sorpresa!
Diego llevaba un mandil enorme