temblaban las manos.
—¿Les dijo algo más?
Sofía asintió.
—Que en Querétaro tiene una casa grande. Que allá podríamos tener cuarto propio, una computadora nueva y una escuela mejor.
Laura sintió una punzada en el pecho.
No por la casa.
Ni por la computadora.
Sino porque durante años ella había trabajado hasta enfermarse para que a sus hijos no les faltara lo básico, mientras Ricardo podía aparecer de repente ofreciendo aquello que ella jamás había podido comprar.
—¿Y ustedes qué le dijeron?
Diego se encogió de hombros.
—Que no queríamos