irnos.
Laura levantó la mirada.
—¿De verdad?
—Claro —respondió Sofía—. Pero se enojó.
Ricardo había llegado esa tarde cuando los gemelos volvían de la escuela. Llevaba ropa cara, un reloj brillante y una camioneta nueva.
Los abrazó como si hubiera salido de viaje una semana, no desaparecido de sus vidas durante años.
Después tomó fotografías del edificio.
De la escalera.
Del refrigerador.
Incluso de las notas que Laura dejaba en la mesa.
—Dijo que eso demostraba que estamos solos —explicó Diego.
A Laura se le revolvió el estómago.
Aquellas notas