el ceño.
—¿Por Ricardo?
Los niños se miraron.
—Cuando se fue, dijo que mañana vendría con alguien para ver cómo vivimos —explicó Diego—. Entonces pensamos que si estaba todo limpio no podría decir que eres mala mamá.
Laura sintió que algo dentro de ella se rompía.
Sus hijos de nueve años habían pasado la tarde limpiando no sólo para recibirla.
Lo habían hecho porque tenían miedo de que alguien los separara de ella.
Se arrodilló frente a ellos.
—Escúchenme. Nada de esto es culpa de ustedes. Ustedes no tienen que