demostrarle nada a nadie.
Sofía empezó a llorar.
—Pero tú trabajas tanto por nosotros.
Diego apretó los puños.
—Él no sabe nada. No sabe que cuando tuve fiebre faltaste al trabajo. No sabe que vendiste tu cadena para comprarme los lentes. No sabe que Sofía necesitaba zapatos y tú seguiste usando los tuyos rotos.
Laura ya no pudo contenerse.
Abrazó a ambos.
Durante unos minutos, los tres lloraron en el piso de la cocina.
Después cenaron aquella pasta demasiado cocida y la ensalada exageradamente salada.
Pero Laura casi no probó