años, su vida era así.
Trabajo. Casa. Dormir poco. Volver a trabajar.
Cuando su esposo, Ricardo, se había ido, Diego y Sofía apenas tenían cinco años.
No hubo otra mujer, al menos que Laura supiera. Tampoco una gran pelea.
Una mañana, Ricardo metió ropa en una mochila y simplemente dijo:
—Ya no puedo con esto. Estoy cansado de contar monedas, de los niños gritando, de nunca tener dinero. Yo no nací para vivir así.
Después cerró la puerta.
Laura se quedó con dos hijos pequeños, una renta atrasada y un