salario que apenas alcanzaba para comer.
Ricardo se mudó a Querétaro. Mandaba una cantidad mínima cuando quería y después dejó de contestar durante meses.
Laura consiguió horas extras y, los fines de semana, limpiaba un pequeño despacho. Salía antes de que sus hijos despertaran y regresaba cuando ya estaban dormidos.
Cada mañana dejaba notas sobre la mesa.
“Diego, tu comida está en el refrigerador.”
“Sofía, ponte la chamarra porque va a hacer frío.”
“Los amo. Pórtense bien.”
Aquella noche, mientras subía las escaleras del edificio donde vivían, Laura sintió una