Trabajaba hasta doce horas al día y todavía aceptaba un segundo empleo porque temía volver a ser pobre con dos niños pequeños. La noche que mis gemelos de 9 años me recibieron con pasta quemada y dijeron “Hoy cuidamos nosotros de ti”, algo dentro de mí se rompió. Pero mi llanto cambió por completo cuando entendí por qué habían limpiado la casa con tanta desesperación…

salario que apenas alcanzaba para comer.

Ricardo se mudó a Querétaro. Mandaba una cantidad mínima cuando quería y después dejó de contestar durante meses.

Laura consiguió horas extras y, los fines de semana, limpiaba un pequeño despacho. Salía antes de que sus hijos despertaran y regresaba cuando ya estaban dormidos.

Cada mañana dejaba notas sobre la mesa.

“Diego, tu comida está en el refrigerador.”

“Sofía, ponte la chamarra porque va a hacer frío.”

“Los amo. Pórtense bien.”

Aquella noche, mientras subía las escaleras del edificio donde vivían, Laura sintió una