pequeña.
Más cansada.
Con cicatrices.
Pero también más fuerte.
Y mientras escuchaba a sus hijos discutir y reír detrás de la pared, Laura comprendió que nunca había sido una madre ausente.
Había sido una madre luchando por volver a casa cada noche.
Y sus hijos siempre habían sabido la diferencia
El silencio en el pasillo fue tan completo que Laura escuchó el zumbido de la lámpara sobre sus cabezas.
Ricardo miró a Diego con furia.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sí sé —respondió el niño—. Me lo dijiste tú.