con más experiencia nunca eran llamados.
La empresa revisó correos, horarios, reportes y decisiones internas.
No fui yo quien decidió qué significaba todo aquello.
Pero aproximadamente seis semanas después recibí otro mensaje.
“Despidieron a Alejandro.”
Me quedé sentada frente al celular.
Creí que iba a sentir satisfacción.
No la sentí.
Solo cansancio.
Esa misma noche llamó doña Carmen.
—Ya me habló —dijo.
—¿Está bien?
—Está furioso. Dice que tú destruiste su carrera.
Cerré los ojos.
—Sabía que me culparía.
Mi suegra soltó una risa sin humor.
—Ese muchacho necesita culpar