alzar la voz.
Dicen que en los barrios cercados de Greenwich, Connecticut, los secretos son la única moneda que jamás pierde valor. Aquí no gritamos. No arrojamos bolsos de diseñador al césped ni hacemos espectáculos vulgares para desconocidos. Somos arquitectos de apariencias. Y cuando nuestra casa empieza a arder, no corremos: nos quedamos el tiempo suficiente para decidir quién merece quemarse con ella.
Esta no es la historia de un corazón roto. Es la crónica de un golpe de Estado ejecutado con tacones, seda y paciencia.
Me llamo Elena. A