sí sonreí.
Fue apenas un gesto, pero él lo vio.
Beatriz también.
—No te emociones —le dije.
—No me estoy emocionando.
Su cara decía exactamente lo contrario.
Tomé la caja y la abrí.
Dentro había un anillo sencillo. Oro delgado. Una piedra pequeña. Nada ostentoso.
—¿Lo elegiste tú?
—Sí.
—No parece algo que compraría un hombre que sale en revistas de negocios.
—Porque no lo compré pensando en una revista.
Cerré la caja y se la devolví.
—Guárdalo.
El brillo de su expresión se apagó apenas.
—Todavía —agregué.
Volvió a