PARTE 1
—Ese niño tiene mis ojos.
Sentí que el piso del hospital desaparecía bajo mis zapatos.
Mateo estaba dormido sobre mi pecho, ardiendo de fiebre, mientras el suero bajaba lentamente por una manguera transparente. Yo llevaba casi cuatro horas en urgencias de un hospital privado de Guadalajara, con el cabello recogido de cualquier manera y la misma blusa que había usado para llevarlo al preescolar esa mañana.
Frente a mí estaba Alejandro Cárdenas, mi exesposo.
Tres años sin verlo.
Tres años escondiéndome de él y, sobre todo, de su