después de pagar la luz y comprar comida, tengo que decidir entre surtir mis medicinas o comprarle zapatos nuevos a la niña.
Pero Emilia nunca se queja. Agradece cada plato, aunque sea solo sopa y pan tostado. Y cuando me ve preocupada, me abraza por la cintura y me dice:
—Está bien, abuela. Nos tenemos la una a la otra.
Esas palabras me dan fuerzas para seguir.
El anillo detrás de los dulces
El viernes pasado fuimos al supermercado a comprar pan, leche y algunas cosas básicas. Yo comparaba precios