se puso gris bajo el bronceado.
—No vengo a pelear —dije.
No respondió.
—Traje algo. —Levanté el sobre—. ¿Puedo sentarme?
Señaló el sofá. Me senté y dejé el sobre en la mesa de café entre nosotros.
—El heno está de vuelta —dije—. Lo sabes. Arlen y Gene lo devolvieron. Me contaron lo que dijiste. Que yo estaba vendiendo todo.Comprar Pienso
—Karen…
—Me gustaría terminar. —Mantuve la voz calmada, la voz de maestra, la voz que había sostenido a treinta niños de ocho años durante veinte años—. Le dijiste una