mi hombro, grabando las palabras que ellos creían que nadie escucharía.
Durante mucho tiempo pensé que aquel jardín siempre pertenecería a mi peor recuerdo.
Pero Mateo estaba allí, sosteniendo mi mano.
—Mamá, ¿por qué estás triste? —preguntó.
Me arrodillé frente a él.
—Porque aquí me pasó algo muy malo.
Él miró las flores.
—¿Y ahora?
Sonreí débilmente.
—Ahora estamos a salvo.
Mateo se agachó, eligió una pequeña flor caída y me la entregó.
—Para ti.
La recibí y lo abracé.
No le conté toda la historia. Todavía era pequeño. Llegaría