me dijo.
Aquella noche me pidió perdón. Me abrazó, me preparó la cena y prometió que jamás volvería a levantarme la voz.
Yo le creí.
Después quedé embarazada.
Y todo cambió.
Javier comenzó a revisar mi teléfono, a controlar el dinero y a decidir con quién podía hablar. Si cuestionaba sus órdenes, decía que mis hormonas me estaban convirtiendo en una mujer inestable.
Teresa respaldaba cada una de sus palabras.
Ahora, enterrada en el patio, comprendía que la carpeta no era solamente un secreto financiero.
Era la razón por la