el fondo, algo le decía que aquella niña también era una víctima. Nadie más quería hacerse cargo de ella, y él no podía permitir que otra vida infantil se perdiera en el olvido.
Diez años de rituales y silencios
Cada aniversario de la desaparición de Emily, el padre repetía el mismo ritual. Se sentaba solo en la cocina, apagaba las luces y sostenía entre sus manos una bufanda rosada, ya desteñida por el tiempo, que había pertenecido a su hija. Era su manera de mantener viva una esperanza que, con