—¿Vendiste a mi hija?
—La salvé.
Me reí. No porque fuera gracioso. Me reí porque si no lo hacía, me iba a romper ahí mismo.
—Me la robaste, Rodrigo.
Él guardó silencio.
Luego dijo la frase que terminó de matarlo dentro de mí:
—Pensé que nunca se sabría.
Ahí estaba la verdad completa. No se arrepentía por haberlo hecho. Se arrepentía porque lo descubrieron.
Su madre, Teresa, llegó una hora después con lentes oscuros y un rosario en la mano. Entró gritando que todo era mentira, que su hijo era