A los 64 años decidí no volver a casa de mis hijos sin ser invitado: una lección sobre dignidad y nuevos comienzos

incluía.

El encuentro que lo cambió todo

Un miércoles por la mañana estaba sentado en el parque cuando un hombre de mi edad se acomodó en la banca junto a mí. Se llamaba Mircea, tenía sesenta y siete años y había sido profesor de música. Solía ir casi todos los días al parque con un tablero de ajedrez bajo el brazo.

—¿Usted juega? —me preguntó.

—Muy mal —le respondí.

—Perfecto. Yo también.

Nos reímos. Así comenzó todo.

Una nueva red de amistades a los 64 años

A través de Mircea