conocí a otras tres personas. Empezamos a reunirnos los miércoles para jugar ajedrez y los viernes en una pequeña cafetería del centro. Cuando supieron que tenía una guitarra guardada en casa, insistieron en que la llevara. Hacía casi treinta años que no tocaba delante de nadie.
La primera noche que toqué frente a ellos, los dedos me temblaron. Pero ocurrió algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar: nadie miró el teléfono, nadie miró el reloj, todos me escucharon. Puede parecer un detalle pequeño, insignificante. Para mí no lo era. Para