de tu padre también la pago yo. Es mi regalo.
Mi suegro, que curiosamente era la única persona de la mesa que jamás me había exigido nada, levantó las manos.
—Ni siquiera tienes que hacer eso.
—Quiero hacerlo.
Después miré al resto.
—Pero cada adulto pagará lo suyo y lo de sus hijos.
Mi cuñada soltó una risa nerviosa.
—Vamos. Ya estuvo bien la broma.
—No es una broma.
Mark frunció el ceño.
—Si lo hubieras dicho antes, no habría pedido todo esto.
Y ahí estaba.
La frase que necesitaba.
—