estuviera enfrentando una enfermedad grave.
—¿Por eso dejaste de venir los domingos? —pregunté.
Roberto asintió.
—Sí.
—¿Y por eso casi no contestabas mis mensajes?
—Algunos días no tenía fuerzas ni para levantarme.
Me senté al borde de la cama.
No sabía qué decir.
Durante tres días había imaginado a mi mejor amigo traicionándome.
Había pensado cosas terribles sobre él.
Y ahora lo tenía frente a mí, intentando disimular el dolor.
—Eres un idiota —murmuré.
Roberto sonrió débilmente.
—Lo sé.
—Un idiota enorme.
—También lo sé.
Entonces lo abracé.
Y por