frente a la casa.
Mariana se llevó las manos al rostro.
—Gabriel, ¿pensaste que Roberto y yo…?
No terminé de dejarla hablar.
—Sí.
Mi esposa comenzó a llorar.
—Jamás te haría algo así.
—Quiero creerte —respondí—. Pero durante tres días sentí que había algo importante que me estaban ocultando. Y era verdad.
Nos quedamos en silencio.
Después ella tomó mi mano.
—Perdóname.
No resolvimos todo aquella noche.
La confianza no se recupera automáticamente porque un secreto tenga una explicación distinta de la que imaginábamos.
Pero hablamos durante horas.
Y acordamos