los primeros cinco minutos entendí que no eras ella.
No dije nada.
—Laura era una persona completamente distinta.
Se acercó un paso.
—Tú haces chistes malos. Hablas demasiado cuando estás nerviosa. Odias el café sin azúcar. Y te ríes tapándote la boca.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—Laura no hacía ninguna de esas cosas.
El silencio volvió a instalarse.
—Entonces… ¿por qué estoy aquí?
Él señaló el final del pasillo.
—Porque quería mostrarte algo.
Lo seguí.v
Llegamos a una pequeña sala de oncología infantil.
Dentro había varios niños