El día de mi graduación humillé al hermano que me crió

grande y demasiado silenciosa.

Ramiro dejó de estudiar. Entró de aprendiz en la carpintería de don Eusebio y trabajaba desde antes del amanecer. Volvía con las manos llenas de astillas y aun así me preparaba la cena, revisaba mis cuadernos y firmaba mis boletines con una letra que imitaba la de papá. Nunca faltó a un acto escolar. Se sentaba al fondo del salón, con la ropa manchada de barniz, y aplaudía más fuerte que nadie.

Yo, en cambio, aprendí a mirarlo desde arriba. Cada vez que sacaba una buena