de papá. Las horas extra de los sábados.
—Me dijiste que era una beca —susurré.
—Sí. Mentí —respondió, encogiéndose de hombros—. Papá nos pidió que uno de los dos llegara lejos. Yo solo me aseguré de que fueras tú.
Lo que le debo
Me arrodillé a su lado y lloré como no lloraba desde los once años. Le pedí perdón una y otra vez. Él me puso la mano áspera sobre la cabeza, igual que antes.
Hoy dirijo una constructora y tengo una oficina con vista al río. En el