una estadía de quince días en una habitación de hospital donde el tiempo parecía avanzar mucho más despacio que en cualquier otro lugar. Las jornadas transcurrían entre controles médicos, medicación y el sonido constante de los equipos que monitoreaban mi evolución. Desde la ventana siempre observaba el mismo paisaje, y las horas parecían repetirse una tras otra sin demasiadas diferencias.
Mis familiares hacían lo posible por visitarme, pero la distancia y las obligaciones cotidianas impedían que pudieran estar presentes con frecuencia. Mis hijos vivían en otra ciudad y mis amigos