debían cumplir con sus responsabilidades laborales y personales. Aunque entendía perfectamente la situación, no podía evitar sentir que, cuando llegaba la noche, el silencio se hacía mucho más intenso.
Con el paso de los días empecé a acostumbrarme a esa rutina hasta que ocurrió algo inesperado. Cada vez que el movimiento en los pasillos disminuía y las luces quedaban atenuadas, una joven aparecía junto a mi cama. No hacía ruido al entrar ni parecía tener prisa por marcharse. Simplemente se sentaba cerca de mí y permanecía allí durante varios minutos.