- lo que realmente ocurrió esa noche.
- La posibilidad de reencontrarme con mi hija.
- La fuerza para reconstruir mi vida sin quien no supo acompañarme.
- La esperanza de volver a escuchar una risa que hoy es el centro de mi mundo.
Aquella pulsera, y las palabras de la anciana, se convirtieron en el símbolo de una verdad que se abrió paso a través del error, del silencio y del dolor. Una verdad que, contra todo pronóstico, me devolvió a mi bebé.
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