el problema. Regresé a la casa de mamá con dos maletas y una vergüenza que apenas me permitía mirarla a los ojos.
Ella no me insultó.
Tampoco me preguntó cómo podía haber sido tan ingenuo. Preparó café, me señaló mi antigua habitación y dijo:
—Mañana empezamos a buscar una solución.
Durante los meses siguientes trabajé en todo lo que encontré. Repartí paquetes, descargué mercancía y limpié oficinas por la noche. Mamá también volvió a aceptar más trabajos de costura, aunque ya le dolían las manos y comenzaba a perder la