Nunca le conté a mi exmarido ni a su arrogante familia que yo era la única dueña de la multimillonaria empresa para la que todos trabajaban. Para ellos, yo no era más que una “pobre carga embarazada” a la que soportaban… hasta el día en que decidieron echarme de sus vidas.
Me llamo Isabella. Tenía veintiocho años cuando terminó mi matrimonio con Daniel, después de tres años juntos.
Él me conoció cuando yo aparentaba ser una mujer sencilla que atendía una pequeña floristería en una zona tranquila de la ciudad.