A los 17 años perdió a su hijo y salió de la sala de maternidad sin nada en brazos

un pequeño fondo de apoyo para ayudar a las jóvenes madres solteras a regresar a sus estudios, y esta joven había sido la primera en la que había pensado.

No por lástima. Por puro respeto.

 

 

 

 

 

 

 

Un encuentro inesperado y un gesto significativo.

 

Este simple gesto puso su vida patas arriba. Se atrevió a creerlo, armó un expediente, pasó por todos los pasos administrativos y luego recibió la tan esperada confirmación. Regresó a la escuela, estudió tarde en la noche, aprendió a escuchar,