la puerta antes de que el conductor pudiera tocar el timbre.
Su padre salió del vehículo.
Raymond tenía el cabello plateado, un traje oscuro y la expresión de un hombre acostumbrado a negociar con personas que rara vez se atrevían a contradecirlo.
Pero cuando vio a su hija, toda aquella autoridad desapareció.
—Phoebe…
Ella intentó sonreír.
No pudo.
Raymond abrió los brazos y la abrazó.
Durante varios segundos ninguno dijo nada.
Después él se apartó lo suficiente para mirarla.
—Estás demasiado delgada.
—Estoy bien, papá.
—No me mientas. Te conozco