Tu madre decía algo parecido.
Phoebe sonrió con tristeza.
—Ojalá la hubiera escuchado antes.
—Quizá necesitabas descubrirlo por ti misma.
Él tomó su mano.
—Pero ya no tienes que demostrar nada, hija.
Y por primera vez, Phoebe le creyó.
Un nuevo comienzo
Seis meses después, Phoebe entró en una pequeña oficina del centro de Cleveland.
No era una mansión.
No tenía lámparas de cristal ni suelos de mármol.
Había una mesa de madera, dos escritorios y una ventana desde la que se veía el movimiento de la ciudad.
En la