casa y encontré a Martha sentada en su vieja silla.
La misma taza roja estaba delante de ella.
Pero esta vez no había ningún cigarrillo sobre la mesa.
Me miró
y sonrió.
—Sarah, hoy se cumplen exactamente noventa días desde que fumé mi último cigarrillo.
Me acerqué y la abracé.
Entonces Martha sacó del bolsillo la fotografía de Daniel.
—¿Sabes? Siempre creí que el mayor error de mi vida era algo que jamás podría reparar.
Miró por la ventana.
—No puedo traer de vuelta a Daniel. Pero todavía puedo convertirme