había visto a mi suegra como una mujer obstinada que se negaba a escuchar a los demás.
Pero detrás de su terquedad se escondían el dolor, la culpa y un profundo miedo al cambio.
Eso no justificaba sus errores.
Pero me ayudó a comprender cómo podía apoyarla sin dejar de proteger a mis hijos.
Hoy Martha tiene setenta y cuatro años.
Lleva dos años sin fumar.
Todas las tardes se sienta en la misma cocina, en la misma silla de siempre, sosteniendo la misma taza roja.
Solo que ahora su