le digo que sí.
Ernest tiene ahora ochenta y un años. Sus piernas ya no son lo que eran. Ya no puede subir las escaleras del estudio, ni siquiera una vez.
Así que cada noche, justo antes de cenar, bajo mi cuadro más reciente para enseñárselo.
Se sienta en su sillón de cuero junto a los altos ventanales de la biblioteca. Apoyo el cuadro en el caballete que traje del estudio. Y él lo mira fijamente durante un buen rato, con esos ojos grises y claros, igual