por negligencia. No eres un banco de sangre, eres la afanadora.
Le arrebaté la libreta y volví a escribir con furia, subrayando cada palabra para que entendiera mi desesperación: “Sé exactamente lo que hago. Soy bióloga. Sé los riesgos y mis últimos análisis están limpios. Ese hombre es el abuelo o el padre de alguien. Yo perdí mi vida entera porque a mi esposo no le importé. No voy a dejar que otra familia llore por culpa de un doctor soberbio. ¡Hazlo, Lupita, por favor!”
La Dra. Carmen, que había