para darle vida a ese hombre frágil, me dio un propósito que creí haber perdido junto con mi voz. No sentí miedo, ni siquiera mareo. Sentí una determinación de acero. Durante toda la madrugada, Carmen y Lupita monitorearon cada signo vital, controlando el goteo para evitar un choque en el sistema del paciente. El amanecer rompió sobre la ciudad, y con la primera luz del sol, el milagro ocurrió. El color regresó a las mejillas del anciano; su respiración se estabilizó. Estaba fuera de peligro.
Yo estaba exhausta, recargada en