una silla tomando un jugo de cajita que Lupita me había regalado, cuando las puertas de urgencias se abrieron de golpe.
Era el Dr. Garza.
Venía fresco, impecable, y con un café en la mano. Al pasar por el pabellón, su mirada se detuvo en el anciano, que ahora dormía plácidamente con bolsas de suero conectadas. La cara de Garza pasó del asombro a un rojo escarlata de ira pura. La vena de su cuello saltó como si fuera a reventar.
—¡¿Qué carajos significa esto?! —rugió, tirando su café a